lunes, 16 de mayo de 2016

La casa-patio.


La abuela de Carmela vivía en una casa-patio donde la madre de Carmela había vivido muchos años junto a sus hermanos y otras tres familias de vecinos con sus respectivos hijos. Cada uno en su casa encalada pero con un retrete común, un retrete que sólo era un agujero en el suelo, un agujero en el suelo para unas 15 personas que visitaban el agujero una media de cuatro veces al día cada una lo que hace un total de 60 veces que se usaba diariamente ese agujero del suelo. A Carmela su madre le contaba que ella y una vecina de su edad iban siempre juntas al agujero para hacer caca en cuclillas, que era como un ritual o una manía o un divertimento, como peinar a las muñecas o jugar a las casitas, hasta que la adolescencia despertó sus pudores y ya nunca más, ni si quiera salió el tema porque nunca había pasado tal cosa. Los niños de la casa-patio aún fueron a cagar juntos algunos años más, por lo menos hasta los 15.

Cuando llegaba el verano, dice la madre de Carmela, los vecinos tapaban con una chapa el sumidero y con una manguera inundaban el patio, que no era muy grande, para convertirlo en una piscina. En la casa eran unos siete niños de todas las edades y se juntaban en la piscina de agua embarrada de la tierra de los jazmines y las damas de noche para jugar a los piratas, porque era la única forma de mantenerlos entretenidos con el calor. El resto del año el patio se llenaba de flores que cuidaban las mujeres menos cuando había que subirse a una escalera. De una escalera se cayó un día el abuelo de Carmela y se mató, y con la paga de viuda se puso un váter de verdad y fue la comidilla del barrio. La llamaban la condesa porque eso de cagar sentado se veía aún como una cosa de la gente pudiente, pero era cuestión de tiempo que sus vecinos la siguieran y una vez todos tuvieron váter propio se olvidaron del agujero del suelo, que de un día para otro, quizás por aburrimiento, desapareció.

La abuela de Carmela fue la última en irse de la casa-patio. Sus vecinos se habían ido muriendo, en el sentido literal o en el figurado. Estaba ya vieja para vivir tan sola y sus hijos demasiado acostumbrados a la comodidad de esos pisos de los barrios jóvenes con ascensor y tuberías nuevas sin un patio que atender como para heredar la casa de buena gana. Se fue a vivir con Carmela y con su madre después de que un señor con dinero se las averiguara para comprar con muchos fajos de billetes la parte que de la casa tenían los herederos de cada una de las seis familias. Tenía la firme creencia de que en las penurias de la posguerra de esta ciudad pequeña había un mercado que explotar si se revestía de flores, una mina de oro en primavera, un activo turístico de primerísimo nivel en el marco de una ciudad escaparate. Sólo había que encalar y colgar macetas de las que paren colores en mayo y darle un toque retro a aquel recinto. Lo primero que haría sería simular un retrete de los de antes. Algo así como un agujero en el suelo.


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